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Columnas

Las consecuencias políticas de un euro fuerte

Moises Naim

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Moisés Naím / El País

Durante más de un año, la relación política en grave proceso de deterioro entre Estados Unidos y Europa ha dado pábulo a multitud de análisis, predicciones funestas, amenazas y llamamientos. En ese tiempo, mientras los políticos, los diplomáticos y los generales se mostraban inquietos respecto a las causas y las consecuencias geopolíticas de la deteriorada salud de la relación trasatlántica, el dólar estadounidense seguía bajando frente al euro. Hace poco, el dólar alcanzó su nivel mínimo en cuatro años frente al euro; la mayoría de los expertos creen que no recuperará su fuerza durante algún tiempo. Lo cual apunta a un hecho cierto que aún no se reconoce plenamente a ambos lados del Atlántico: un dólar estadounidense cuyo valor relativo frente al euro se ha desplomado en torno al 40% desde finales de 2000 y cuya depreciación se ha acelerado fuertemente en las últimas semanas tendrá más consecuencias para la relación trasatlántica que todas las maniobras diplomáticas, discursos y artículos concienzudos sobre el tema. La primera y más evidente de estas consecuencias es que Europa se inundará de exportaciones estadounidenses, mientras que Estados Unidos verá una avalancha de turistas europeos cuyas aprensiones acerca del unilateralismo de George W. Bush quedarán apaciguadas por las oportunidades increíblemente baratas de llevar a los niños a Disney World. Los estadounidenses no se pasarán a los vinos californianos debido al voto de Francia en el Consejo de Seguridad de la ONU, sino sencillamente porque los vinos franceses serán más caros. Indudablemente, el tipo de cambio es una cifra mágica.

El reajuste del dólar estadounidense frente al euro hará la vida más difícil para las industrias europeas mientras que aumentará la competitividad de las empresas estadounidenses. El sector privado de Estados Unidos ya se ha reavivado debido a su rápida, implacable y profunda reestructuración en respuesta al estallido de la burbuja bursátil, la ralentización de la economía, los escándalos empresariales y el impacto del terrorismo y la guerra. En cambio, las legendarias rigideces de los mercados laborales en Europa, sus onerosas regulaciones comerciales y sus cerradas estructuras de propiedad empresarial han frustrado la capacidad de muchas de sus empresas para reaccionar de forma rápida y eficaz a los cambios de la economía mundial. Un dólar estadounidense más barato será un gran reto para los líderes empresariales europeos, los responsables de las políticas públicas y los líderes sindicales. Los administradores de Eurolandia se enfrentarán a presiones sin precedentes para reducir costes; los responsables políticos para salvar y crear puestos de trabajo; y los líderes sindicales para proteger las generosas prestaciones que han conseguido para sus miembros a lo largo del tiempo. Aunque el choque entre estas fuerzas contradictorias no es nuevo, las consecuencias de un euro más fuerte y menos competitivo las llevará al punto de ebullición y ejercerá una enorme influencia sobre la política europea.

Es posible que las consecuencias económicas y políticas de un euro fuerte puedan estimular la creación de las coaliciones que se necesitan para emprender las reformas estructurales esperadas durante tanto tiempo y pospuestas de momento. Desde la política macroeconómica y la liberalización hasta la flexibilidad del mercado laboral y los cambios en la propiedad y el gobierno empresariales, el continente europeo se enfrenta a un programa de reformas de enormes proporciones. Y es ahí donde reside el problema. El programa de reformas es tan sobrecogedor e implica reorganizaciones sociales y políticas tan desgarradoras que Europa puede verse tentada de combatir los efectos de un dólar más barato replegándose tras los subsidios y las barreras proteccionistas. En ausencia de reformas, puede que algunas empresas sean capaces de trasladar su fabricación a lugares más baratos y amistosos, pero la mayoría no tendrá más opción que presionar a su gobierno para obtener más subvenciones y una mayor protección. A medida que aumente el nivel de paro, las exigencias políticas de salvar los puestos de empleo perdidos a causa de las importaciones, los traslados de industrias o la llegada de los inmigrantes lógicamente se intensificará aún más.

Un dólar estadounidense más débil también empañará las perspectivas de llegar a una liberalización comercial. La ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio estaba ya enfrentándose a una lucha cuesta arriba; negociar la apertura comercial en medio de un desempleo en aumento y una avalancha de importaciones puede hacer que la colina sea imposible de ascender. Tristemente, el reciente reajuste de la moneda puede también socavar el importante avance que los ministros de agricultura europeos han conseguido recientemente en sus conversaciones para revisar los subsidios agrícolas de la UE. Lógicamente, una Europa que aborde los problemas derivados de un euro fuerte confiando en medidas estatales y proteccionistas está abocada a sufrir disputas comerciales más frecuentes y enconadas con Estados Unidos y la OMC. Pero no es necesario llegar a esa situación. Un euro fuerte podría ser también un poderoso catalizador para superar la aversión deEuropa continental a emprender las reformas económicas sobre cuya necesidad casi todos están de acuerdo pero que hasta el momento nadie ha podido sacar adelante.

En cualquier caso, el reciente declive del dólar estadounidense curiosamente ha aclarado ciertas paradojas sorprendentes. La primera es que una moneda débil no tiene por qué ser siempre un signo de debilidad. Estados Unidos parece estar bien equipado para reducir lo más posible las consecuencias negativas de una fuerte devaluación de su moneda, y al mismo tiempo obtener enormes ventajas de las oportunidades que ésta crea. Un factor importante a la hora de amortiguar los efectos negativos de una moneda más débil es la flexibilidad y la capacidad de adaptación de la economía estadounidense, y especialmente de un sector privado mucho menos coartado que su equivalente europeo por normativas sofocantes y accionistas empresariales satisfechos de sí mismos. Por último, el reajuste de los tipos de cambio ayudará también a reajustar nuestra concepción de los asuntos internacionales. Durante la década de los noventa las finanzas internacionales se convirtieron en un factor tan dominante que algunos expertos sostuvieron que las cuestiones tradicionales de seguridad se convertirían en factores secundarios en la política mundial. El 11 de Septiembre demostró lo absurdo de esa idea y los generales, los expertos militares y la política internacional de fuerza volvieron a estar en boga. Pronto, el centro de atención volverá a cambiar. La caída del dólar no sólo ayudará a reequilibrar el déficit comercial de Estados Unidos, sino también nuestra concepción del mundo.