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Columnas

La globalización de los indígenas

Moises Naim

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Moisés Naím / El País

Durante un reciente encuentro de jefes de Estado latinoamericanos, el ex sindicalista y ahora presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, comentó que "su gente", los trabajadores brasileños, habían esperado durante décadas para llegar al poder. "Mi gente, en cambio, lleva 500 años esperando", le contestó Alejandro Toledo, el primer presidente peruano de ascendencia indígena.

Estas esperas parecen estar terminando; y no sólo en Perú, sino en el mundo entero. El aumento de la influencia política de las poblaciones indígenas es hoy en día una tendencia global.

La Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador se ha transformado en una fuerza política fundamental en ese país.

En Bolivia, el Movimiento al Socialismo adquirió un enorme protagonismo político gracias al apoyo que tiene entre los grupos indígenas productores de coca.

Recientemente, el Gobierno canadiense dio a los indios tlicho un área muy rica en diamantes equivalente al tamaño de Suiza. Los inuits, en Labrador, lograron derechos sobre otra zona de más de 75.000 kilómetros cuadrados.

Los grupos indígenas también han ganado influencia política en Brasil, Chile, Colombia y Centroamérica.

Muchos países han modificado su Constitución para dar más derechos y protecciones a los descendientes de sus pobladores originarios. Los aborígenes australianos y los maoríes neozelandeses están logrando cada vez mayor control sobre sus tierras ancestrales. Los maoríes, que han aumentado el número de sus representantes electos en cargos públicos, están reivindicando sus derechos sobre una zona que contiene las mayores reservas petrolíferas de Nueva Zelanda.

En México, la rebelión en Chiapas aumentó el rol político de los grupos indígenas, y la guatemalteca Rigoberta Menchú, ganadora del Premio Nobel de la Paz, se ha convertido en un icono internacional que simboliza la lucha por los derechos de los indígenas.

Este recién adquirido peso político no significa que la abyecta pobreza, la exclusión y la explotación comunes en las poblaciones indígenas del mundo son problemas superados.

La influencia política de los indígenas aún es demasiado reciente, y además suele ser abusivamente utilizada por políticos, muchos de ellos de origen indígena. Aun así, el hecho incontrovertible es que la influencia de los indígenas está aumentando en todas partes. ¿Por qué?

Porque, sorprendentemente, la globalización los ha ayudado. La convergencia de cambios tecnológicos y políticos ha contribuido a "achicar" al mundo y a disminuir en algo la tolerancia hacia los abusos y las dictaduras. Hoy en día no sólo es más barato viajar y comunicarse a través del mundo; también hay más países donde las prácticas democráticas comienzan a arraigarse y donde el tener ciertos derechos fundamentales ya forma parte, si no de la realidad, al menos de las expectativas de la gente.

Además, las organizaciones no gubernamentales (ONG) que luchan a favor de los derechos humanos o del medio ambiente o en contra de la pobreza tienen ahora la capacidad de reclutar partidarios, recaudar fondos y operar internacionalmente más rápido y más lejos que nunca antes.

Éstas y otras tendencias contribuyen a dar a los pueblos indígenas nuevas oportunidades políticas. Por ejemplo, la descentralización del poder político de la capital a los gobiernos locales -que también es una tendencia mundial- ha facilitado la elección de representantes indígenas en áreas donde estas poblaciones son más numerosas.

Así, el activismo social, potenciado por la globalización, ha transformado la intolerancia hacia los abusos de derechos humanos, abusos ecológicos y discriminación de cualquier tipo en normas cada vez más universales para los gobiernos, organismos financieros como el Banco Mundial, las ONG y los medios de comunicación. Durante los años ochenta, por ejemplo, las Naciones Unidas apoyaron la internacionalización del movimiento indigenista a través del intento de establecer una declaración universal de los derechos indígenas. Un grupo de trabajo con representantes de gobiernos y organizaciones indígenas se ha venido reuniendo cada año en Ginebra y, aunque la declaración aún permance estancada, el proceso ha ayudado a crear una red global activa, organizada y relativamente bien financiada de grupos indígenas y demás organizaciones interesadas en el tema.

El alcance y la creciente influencia de los movimientos de protección del medio ambiente y, paradójicamente, el crecimiento de las compañías multinacionales también han contribuido a aumentar el potencial político de los grupos indígenas.

La globalización ha acelerado la expansión geográfica de compañías globales involucradas en agricultura, explotación forestal, extracción minera, producción de electricidad hidroeléctrica, petróleo y demás recursos naturales. Inevitablemente, sus operaciones tocan cada vez más los territorios donde las poblaciones indígenas habitan. Los conflictos que se originan por la explotación económica de estas áreas hacen que los activistas "verdes" globales y las poblaciones indígenas locales se descubran mutuamente, convirtiéndose rápidamente en aliados políticos naturales. Los activistas ambientales aportan recursos financieros, experiencia en la organización de campañas políticas y la capacidad de movilizar el apoyo de los gobiernos, organismos multilaterales y para activar los medios de comunicación internacionales. Los grupos indígenas aportan la legitimidad de su ascendencia sobre tierras en las cuales ellos y sus antepasados han vivido siempre. Y cuando tierras sin mayor actividad económica previa se convierten repentinamente en un apetecible activo empresarial, el atractivo político y financiero de la lucha por su control naturalmente también aumenta.

Es por demás obvio que la globalización no ha traído sólo beneficios para los 350 millones de indígenas que viven en más de setenta países.

Muchas de estas poblaciones son regularmente azotadas por nuevas enfermedades, cambios en su hábitat, desalojos obligados de sus tierras, guerrasciviles, y la necesidad de adaptarse a costumbres y estilos de vida drásticamente distintos.

Pero el hecho es que la globalización también ha proporcionado a las poblaciones indígenas poderosos aliados, una más potente voz que puede retumbar a nivel internacional y una mayor influencia política en su propio país.

El impacto positivo de la globalización sobre los pueblos indígenas ofrece un sorprendente contraste a la impresión, también correcta, que la integración mundial a veces aplasta culturas y homogeiniza costumbres y formas de vida.

Sin embargo, cuando en Ginebra se reúnen miembros de las tribus Igorot, del norte de Filipinas, y Brunca, de Costa Rica, por ejemplo, su apoyo mutuo contribuye a extender la supervivencia de sus modos de vida por más que se reúnan a planificar sus actuaciones mientras comen una hamburguesa en un McDonald's.

La complejidad de la globalización es tal que sus resultados son menos previsibles y obvios de lo que se suele creer. Como bien saben los Maoris, los Mayagnas y los Tlichos, en ciertos casos también puede constituir una fuerza que aumenta el poder de los pobres, de los diferentes y de los locales.